Algunos de los relatos descritos en los libros de Josué y de Jueces son muy populares. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, el episodio de la conquista de Jericó al son de las trompetas o las hazañas del hercúleo Sansón? ¿O el cántico de victoria de Débora? Relatos que nos describen la brillante conquista de la Tierra Prometida (no exenta de brutalidades como el exterminio de poblaciones enteras que nos cuestionan sobre la moralidad de la misma), el reparto de la tierra y el asentamiento de las tribus en un período de su historia liderado por jueces carismáticos.Pero, más allá de la verosimilitud histórica de los acontecimientos narrados e incluso del cuestionamiento moral que pueda hacerse de los mismos, ambos libros nos muestran que Dios es siempre fiel a sus promesas y que el pueblo logró entrar en la ansiada y prometida tierra. Sus matices, sin embargo, son muy distintos. Mientras el libro de Josué nos muestra a un pueblo unido y fiel a Yahvé acaudillado por Josué y, por ende, exitoso en sus empresas, el libro de Jueces es su contrapunto. El pueblo cae, una y otra vez, en la infidelidad. El libro de Jueces describe una transición dominada por el peligro y la incertidumbre. Un período durante el cual Israel experimenta un estado liminal, de umbral o de frontera. Unida a este proceso liminal está la cuestión sobre el liderazgo. ¿Cómo pudo sobrevivir durante este período Israel sin contar con ningún líder de la talla de Moisés o Josué?
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