
¿Quién dices que soy yo?
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¿Dónde estás?, le preguntó el Señor a Adán. ¿Qué tienes en tu mano?, le preguntó a Moisés. ¿Acaso ignoraba Dios dónde se escondían Adán y Eva? ¿Acaso no veía que lo que tenía Moisés en la mano era un bastón? En el Antiguo y Nuevo Testamento, Dios hace muchas preguntas. ¿Por qué esta necesidad de interrogar? ¿No son el Padre y el Hijo omniscientes? En su anterior libro, Entrevista a Jesucristo, el autor abordaba las preguntas que muchos personajes le hicieron al Señor. Ahora presenta la otra cara de la moneda: las preguntas que el propio Jesucristo hizo a diversas persona...
¿Dónde estás?, le preguntó el Señor a Adán. ¿Qué tienes en tu mano?, le preguntó a Moisés. ¿Acaso ignoraba Dios dónde se escondían Adán y Eva? ¿Acaso no veía que lo que tenía Moisés en la mano era un bastón? En el Antiguo y Nuevo Testamento, Dios hace muchas preguntas. ¿Por qué esta necesidad de interrogar? ¿No son el Padre y el Hijo omniscientes? En su anterior libro, Entrevista a Jesucristo, el autor abordaba las preguntas que muchos personajes le hicieron al Señor. Ahora presenta la otra cara de la moneda: las preguntas que el propio Jesucristo hizo a diversas personas. Cuando Dios hace preguntas, Él ya sabe la respuesta. Si de todas formas plantea el interrogante, lo hace por nuestro bien, no porque necesite obtener información de la que carece. No son dudas suyas. Son necesidades nuestras.