
La cruz rota
La mano oculta en el Vaticano
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Lo que sigue está escrito, con un propósito definido, desde el punto de vista de un católico tradicional y practicante. Los sentimientos expresados aquí tienen por objeto poner de relieve las herejías, las novedades y las profanaciones que, en nombre de una religión reformada o actualizada, han dejado a la Iglesia en ruinas en todo el mundo.Existe la sensación generalizada de que nuestra civilización se encuentra en peligro mortal. Se trata de una conciencia reciente, totalmente distinta de los antiguos temores evangélicos de que el mundo, de acuerdo con alguna profecía bíblica, est...
Lo que sigue está escrito, con un propósito definido, desde el punto de vista de un católico tradicional y practicante. Los sentimientos expresados aquí tienen por objeto poner de relieve las herejías, las novedades y las profanaciones que, en nombre de una religión reformada o actualizada, han dejado a la Iglesia en ruinas en todo el mundo.Existe la sensación generalizada de que nuestra civilización se encuentra en peligro mortal. Se trata de una conciencia reciente, totalmente distinta de los antiguos temores evangélicos de que el mundo, de acuerdo con alguna profecía bíblica, está llegando a su fin; temores que han perdido gran parte de su antigua simplicidad y se han vuelto más reales desde la amenaza de la guerra nuclear. Pero el fin de nuestra civilización tiene implicaciones más siniestras que la destrucción real de un planeta, ya sea provocada por un acto de Dios o por un frenesí de locura total por parte del hombre.Porque la civilización declina cuando la razón se pone patas arriba, cuando lo mezquino y lo vil, lo feo y lo corrupto se convierten en la norma de las expresiones sociales y culturales; o, para acercarlo más a los términos de nuestro argumento, cuando el mal, bajo diversas máscaras, ocupa el lugar del bien.Nosotros, los de esta generación, según nuestra edad y nuestro temperamento, nos hemos convertido en víctimas voluntarias, inconscientes o resentidas de tal convulsión. De ahí el aire de futilidad que nos envuelve, la sensación de que el hombre ha perdido la fe en sí mismo y en la existencia en su conjunto. Es cierto, por supuesto, que todas las épocas han sufrido los reveses de la guerra, la revolución y las catástrofes naturales. Pero nunca antes el hombre se había quedado sin guía ni brújula, sin la seguridad que le transmitía la presión de una mano en la que confiaba. En demasiados casos, es un ser separado, divorciado de la realidad, sin el consuelo de un arte que valga la pena o el respaldo de la tradición; y, lo que es más fatal, como dirían los ortodoxos, sin religión.Ahora bien, solía ser una parte aceptada de la visión católica que la Iglesia creó nuestra civilización, con las normas éticas y el gran cuerpo de revelaciones en los que se basan la actitud y el destino del hombre.